La falacia del Carisma en el Liderazgo

Suelo hablar de Liderazgo con bastante frecuencia. No es mi especialidad pero el hecho de rodearme de líderes de organizaciones me ha llevado a desarrollar una visión bastante pragmática sobre el asunto.

De alguna u otra forma, siempre se suele relacionar Liderazgo con Carisma, y en mi opinión, esto es un error, sobre todo cuando queremos hablar de Liderazgo Auténtico, aquel que mueve a las personas desde el propósito y las guía hacia un fin común.

La realidad es que el Carisma ha hecho mucho daño al Liderazgo y se podría considerar que es el elemento Populista del Liderazgo. El Carisma atrae porque utiliza los esquemas mentales de las personas de éxito, es decir, capta nuestra atención a partir de una cualidad o característica valorada en la sociedad (el éxito en nuestra sociedad es indiscutible), y de alguna forma le dotamos de la capacidad de hacer aquello que nosotros no podemos hacer. A partir de este punto, estamos en manos del propósito de este líder carismático, que nos empuja a seguirlos a un fin común. Así, lo que determinará el nivel de impacto de este líder carismático es la conexión que establezca con las necesidades sociales, políticas, económicas o tecnológicas; y en situaciones de crisis es relativamente sencillo unir varias de ellas.

Revisando la historia, del Carisma se valieron los Líderes Autoritarios de la primera mitad del siglo pasado, que ejercían el control de las personas por su fuerte personalidad y capacidad de comunicación, aunque también existen ejemplos de liderazgo carismático con mejores propósitos, con ejemplos como Gandhi o Luther King, aunque el proceso que subyace a ambos es el mismo.

Según diversos autores, este tipo de Liderazgo fue el referente de los años 30 del siglo pasado, pero la realidad es que sigue vigente en nuestros días y poco ha cambiado con respecto a cómo se genera la conexión líder – seguidor.

Lo que sí ha cambiado, desde entonces, es que el Liderazgo se ha nutrido de más variables (valores que se han actualizado en la sociedad como generosidad, medio ambiente, igualdad) que lo han hecho atractivo para las personas y que lo ha llevado a evolucionar hacía un modelo en el que el Líder da ejemplo y está al servicio de lo demás.

Por eso, el carisma, como variable diferenciadora, ha ido perdiendo peso. De hecho, me fio poco del carisma y exijo a los líderes un compromiso por los resultados y las personas. Lo que ocurre es que como el dilema del huevo y la gallina, uno cabe preguntar que es antes, si el líder o el seguidor, porque aunque es el líder quien genera comunidad, al final todo surge de la necesidad de las personas de encontrar un referente colectivo.

Quizás, el reto no esté en los líderes, porque al final ellos se muestran como son, sino en las personas que les siguen, y en cierto modo creo que fue así, ya que hubo personas antes que líderes.

Si el líder capta la atención de las personas gracias a su carisma, éxito, belleza o reconocimiento social, son las personas las que deben cambiar y requerir nuevos elementos en el liderazgo. Las personas deben decidir qué quieren seguir, que objetivos conseguir y encontrar los referentes adecuados.

Esto podría ocurrir en el momento que los esquemas de las personas cambiaran, y se valoraran la ética y el sentido de la comunidad; pero lamentablemente esto no parece estar cercano. Aún seguimos valorando de forma positiva a las personas que se muestran exitosas, amigables y simpáticas; y estos valores siguen estando por encima de la sinceridad y la honestidad.

Es cierto que cada vez se discute más sobre liderazgo y se valora lo que es auténtico, adaptativo y al servicio de los demás, pero el camino del Liderazgo de Servicio aún está en construcción. Por eso, más que nunca, debemos mirar en nuestro entorno, encontrar referentes y ponerlos en valor.