El talento del Café

Cada publicación puede tener su origen en los más variados estímulos que recibimos cada día. A veces suele ser un artículo que leo en un medio especializado, otras veces son vivencias personales y otras – como es el caso – son ideas que aparecen al azar y que conectan con algo que me preocupa en esos momentos.

Sucedió de este modo. Hace unos meses adquirimos un molinillo eléctrico de café y tuvimos la necesidad de buscar un buen café en grano para moler. Tras un proceso de búsqueda sencillo dimos con unos granos con muy buenas recomendaciones, y tras recibirlos en casa, procedimos a preparar nuestro primer café con grano recién molido.

Con el primer sorbo, natural, sin edulcorante, puro, nos dimos cuenta de que estábamos tomando un café auténtico que envolvían el paladar con aromas de vainilla, chocolate y avellana. Su regusto dulce, su acidez fina, su intenso aroma, su cuerpo armonioso nos persuadía a disfrutar de este momento cafetero.

Una vez experimentado, uno se pregunta si lo que antes habíamos tomado era café o si la leche, o el edulcorante, servían como la gaseosa en el vino, es decir, como meros encubridores de algo mediocre con el único propósito de engañar a nuestros sentidos; y pensé – y aquí viene mi desvarío – si ocurría lo mismo con el talento.

Y es que se me ocurrió pensar que el talento fuera como el café. Todos los días hablamos de talento, del ajeno y del propio, de cómo hacerlo visible, desarrollarlo y rentabilizarlo; pero como con el café, pocos hemos probado el sabor del talento natural.

Quizás hemos bebido un talento demasiado tostado y amargo, destinado más a ocultar defectos que arrancar virtudes, un talento mezcla de sensaciones que ha necesitado de edulcorar para tener mejor gusto, y al que luego, nos hemos acostumbrado por mera comodidad.

Todos tenemos talento, o mejor dicho, todos tenemos la capacidad de expresar nuestro talento, pero tengo la sensación que el talento no se ha expresado con naturalidad, sino que se ha mostrado con un tueste exagerado destinado al gran consumo, aquel acostumbrado al chorro de leche y edulcorante, un talento que pretendía gustar a la mayoría.

Como ya me ha sucedido otra veces, no me queda otra que escribirlo y compartirlo, porque el talento está pecando de estar demasiado edulcorado. Nos hemos acostumbrado a un talento ordenado y estandarizado, sin demasiados tonalidades de sabores ni olores, muy del gusto de un tipo de cliente pasado.

Ahora, el talento debe persuadir en todas sus tonalidades y expresarse de manera natural en su conjunto, no solo en su comportamiento, sino en su pensamiento y en sus emociones. Un talento en grano que sin filtros, pero con el tueste adecuado fruto de años de estudio y experiencias, pueda expresarse sin edulcorantes ni añadidos, solo como es en origen: un talento auténtico.